EL MUNDO ES UN LIBRO QUE AÚN NO HEMOS LEÍDO

MI LIBERTAD NO TIENE PRECIO: TIENE TU NOMBRE

POETA ES AQUEL QUE SE COMPORTA IGUAL ANTE UN REY QUE ANTE UN MENDIGO

TODO ES LITERATURA; DEPENDE DE COMO TE LO CUENTEN

LA MENTE ES COMO UN PARACAIDAS, SÓLO SIRVE SI SE ABRE

Wednesday, 6 October 2010

Cabeza de gardenia


Abandonamos el cementerio cuando me tienden la foto. Ya lo dijo Bécquer: "Dios mío, qué solos se quedan los muertos". Aunque en este caso no es así. Jane no está sola hoy. Toda Málaga se ha reunido para inaugurar su nueva tumba y para rendirle homenaje. En el cementerio de los naranjos estaban Jorge Herralde y Lali Guvern, la traductora de la novela de Jane que cambió mi vida, "Dos damas muy serias", y Vicente Molina Foix a punto de estrenar película con Marisa Paredes, que ha leído los textos de Jane Bowles, y Juan Cruz contándonos anécdotas de "El cielo protector". Paul Bowles dejó sola a Jane en Málaga pero el escritor y gestor cultural Alfredo Taján, Director del Instituto Municipal del Libro, la ha recuperado para la ciudad con un magnifico congreso. Toda la tragedia de Jane está en la foto que me tiende Pepe Carleton, el único superviviente que mira a la cámara con sus ojos azules. El es el único de la foto que está con nosotros, los demás están más allá. Truman Capote, que llamó a su amiga "Cabeza de gardenia", adopta su mismo gesto con la pierna para que no se note que ella es coja desde niña, Capote será el gran defensor de Jane, pero morirá, como ella demasiado pronto. Y Jane está tratando de atraer la atención de Paul como hará toda su vida y durante su larga agonía en Málaga.

Y nosotros, como Emilio Vaz de Soto, les contemplamos en silencio durante toda la eternidad que ya han perdido.

Thursday, 30 September 2010

La muerte blanca


Aprovecho para colgar hoy una crítica de Mar Langa Pizarro sobre La Muerte Blanca, publicada en Cincuenta y ocho artículos sobre narrativa contemporánea. Espero que os resulte interesante.


La muerte blanca es fría y dulce. Les llega a los cosacos que, ebrios de vodka, se tienden sobre la nieve hasta que los vence el sueño, y se les congela el miedo. Y les llega a los adolescentes que, como el hermano de la narradora de esta novela, fallecen dejando en blanco todas las páginas de su vida. Desde ese título simbólico, la existencia humana y la literatura se funden en la obra ganadora de la "XVI edición del Premio Azorín": «porque una novela no puede detenerse en el primer capítulo [...]. Ni un hombre morir antes de ser hombre» (p. 68); y porque «todo lo que hacemos lo hacemos para no morir. Por eso escalamos montañas, por eso escribimos libros, por eso tenemos hijos» (p. 150).

A la prosa de Eugenia Rico (Oviedo, 1972) se le nota su vinculación con la poesía, género en el que esta autora hizo sus pinitos literarios. Como ella misma ha afirmado, en La muerte blanca hay «una historia de búsqueda y resurrección que demuestra que el amor es indestructible», «un canto al paraíso perdido de la infancia, la bajada a los infiernos para buscar al ser amado y el regreso», y una «evocación de la felicidad vivida». Pero que nadie espere un relato de arquitectura narrativa, porque esta novela es, ante todo, una sucesión de retazos del pasado, entreverados con pensamientos vitales. Una búsqueda alucinada, en la que la narradora repite el juego de dudar de los límites entre la vida y la muerte: «puede que yo también [...] confunda las cosas. Quizá estoy muriendo en mi cama y pienso que estoy contando una historia en la que mi hermano ha muerto [...]. Él está a mi lado [...] Está vivo. Soy yo quien muero» (p. 116).

Se trata de un recurso que utilizaron, entre otros, Juan Rulfo (en Pedro Páramo) y Julio Llamazares (en La lluvia amarilla). A éste último, Eugenia Rico le confiesa un agradecimiento explícito en la última página de La muerte blanca; y uno implícito, cuando su personaje afirma que, años después de su muerte, descubrió que las camisetas de su hermano «olían a amarillo» (p. 190). No resulta extraño, porque el autor leonés, con el que Rico coincide en muchos de sus rasgos narrativos, no dudó en manifestar que la primera novela de esta autora, Los amantes tristes (2000), era «la mejor prueba de que sí hay buenos escritores en España».

Los amantes tristes, que Bousoño calificó de «libro excelentísimo», indagaba en el amor, la soledad, la esperanza y la amargura, a través de sus tres protagonistas, símbolos de la ruptura entre lo real y lo soñado, cuyos únicos puentes se llaman locura y literatura. La muerte blanca vuelve, en cierto modo, a los mismos temas: el amor, la búsqueda del yo, y el constante caminar hacia el futuro con la vista fija en el pasado. Convencida de que «mi hermano quería dejar huella. Yo soy su huella» (p. 46), la narradora se sumerge en el dolor para recuperar la felicidad que reside en el recuerdo. En ese viaje, falta el soporte de una historia excepcional, de una trama que guíe al lector por sus páginas. Pero, a cambio, existe todo un universo de sugerencias que, no por repetidas, dejan de tener el encanto de lo que aparta de los usos literarios más comunes. Y es que, después de todo, en un mundo «lleno de supervivientes que no saben a qué han sobrevivido» (p. 176), «las palabras son la única medicina que tenemos para la enfermedad llamada Muerte» (p. 116).

Wednesday, 22 September 2010

La fama


A los treinta y un años recibió en plena cara el golpe de la fama, la fama abrumadora. Su libro "La medición del mundo" se convirtió en el más vendido en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, mientras la crítica se apresuraba a encumbrarle. Recibió todos los premios posibles y los honores imposibles para un escritor en su país y fue traducido prácticamente a todas las lenguas escritas del mundo. Pero sobrevivió. Lo normal es que hubiera sido incapaz de escribir (exactamente lo que le ocurrió a Salinger), o que se hubiera quedado idiota de por vida (todos conocemos a alguien destruido por el éxito). Muy al contrario, después de su gran best-seller Daniel Kehlmann ha escrito una obra maestra en la que practica la autoironía y se ríe de la fama. Una obra brillante con aires unamunianos de escritura elegante y precisa. Un libro que se paladea, con un dominio de la técnica que apabulla.

La obra maestra de un maestro.

Thursday, 16 September 2010

Viento del este: Ismaïl Kadaré


Resucitar a los muertos, como hace Kadaré, es la verdadera función de la literatura.

Hace más de veinte años en Gijón Daniel Moyano me regaló un libro de Ismaíl Kadaré. Ya entonces se hablaba de este albano elogiado por John Updike en el New Yorker por la poesía y el aliento certero de su estilo.

Kadaré escribía sobre un pasado que vuelve al presente y lo secuestra, lo conquista o lo libera según el humor de sus distintas obras.

En aquel momento Kadaré acababa de publicar ‘El palacio de los sueños’, novela transitada de fino humor que no hizo reir a la dictadura albana. Inmediatamente fue prohibida por las autoridades militares, pero este revés político no impidió que el año siguiente el presidente de la Liga Albana de Escritores lo acusara de eludir deliberadamente las opiniones políticas para hacer una literatura fácil basada en el folclore y las tradiciones.

Todo ello acabó siendo un regalo para los lectores de Occidente: Kadaré emigró a Francia y engrosó las poco nutridas filas de los escritores que han logrado escribir y triunfar en un idioma que no era el suyo. Esa pequeña milicia cuyo comandante es Conrad y una de sus figuras cumbres mi admirada Karen Blixen. En Francia escribió ‘La pirámide’ y ‘El concierto’ y volvió a hablar de los muertos del pasado para resucitar a los muertos del presente.

Porque al fin y al cabo resucitar a los muertos es la verdadera función de la literatura, la única ciencia que convierte en futuro las fosas comunes.

Publicado originalmente en la web de los Premios Principe de Asturias.

Sunday, 5 September 2010

Seguir luchando, seguir escribiendo


Reproduzco un extracto de la entrevista de Luis García para literaturas.com.

«No hago una literatura complaciente, soy muy exigente conmigo misma y trato de ser todo lo honesta y comprometida que puedo. No hago concesiones, sobre todo no me hago concesiones y espero que de la exigencia nazca algo genuino»

Luis García.- Eugenia Rico, ¿es cierto que cuentas tus novelas por Premios literarios?

Eugenia Rico.- He ganado Premios importantes pero mi primera novela "Los amantes tristes" que ahora ha reeditado Circulo de Lectores (y es la sexta reedición) no sólo no tuvo ningún premio sino que no tuvo ninguna promoción, sólo tuvo el boca a boca o el boca oreja que es el mejor de los Premios. Sin embargo hay que presentarse a premios porque en este momento de mercadotecnia brutal son la única manera de dedicarse a la literatura con honestidad. El mejor premio es hacer amigos lectores.

Y nueva novela, y nuevo éxito de critica... ¿Qué te queda por conseguir en lo personal literariamente?

Todos queremos escribir el Gran Libro, ese que quede para siempre, que ayude a alguien a encontrar algo que buscaba, ese que cambia la vida de alguien, que te cambie la vida.

¿Qué queda de aquella inocente autora que ganara el Azorín en el año 2002 con La muerte blanca?

Soy la misma, llevo más de veinte años escribiendo porque a la literatura tienes que darle todo para que ella te de algo. Soy la misma y exploró nuevos caminos.

Lo cierto es que Eugenia Rico no “hace” literatura fácil, es decir, sin duda eres una de las voces literarias más genuinas y personales del actual panorama. ¿Eres consciente de ello?

No hago una literatura complaciente, soy muy exigente conmigo misma y trato de ser todo lo honesta y comprometida que puedo. No hago concesiones, sobre todo no me hago concesiones y espero que de la exigencia nazca algo genuino. Que las palabras huelan a verdad, que se puedan tocar, que se puedan oler. Buscar en las palabras y dentro de las almas. Buscar con la esperanza de encontrar y seguir buscando cuando no se encuentras.

¿Siente Eugenia Rico que conecta con los lectores?

Lo mejor de escribir, lo que te compensa de tantos sinsabores, son las cartas de los lectores a mi página web, una página que no aparece en mis libros y por lo tanto la han tenido que buscar. Cartas que me dicen que les he cambiado la vida, que les he ayudado a superar un momento difícil, algunos dicen que les he hecho llorar, otros que les he hecho felices. Por eso y por las cosas que te dicen en los encuentros con los lectores merece la pena seguir luchando, seguir escribiendo.

Más en literaturas.com

Saturday, 28 August 2010

Gore y yo

Gore Vidal y Eugenia Rico en Ravello

Ahora ya sé quién mato a Kennedy, sé cómo amaba Tennesse Williams, no desconozco las penurias de Juliano el Apostata.

Después de pasar una semana en Pompeya, con Gore Vidal, con Muzius su filosófico asistente y Fabián el ex–marín que guarda sus sueños, la vida me parece un lugar distinto. Gore Vidal cambia de voz y de modales, se interpreta a sí mismo e interpreta a Shakespeare, me da buenos y buenísimos consejos para seguir escribiendo y todo esto sucede a la sombra del reloj de la iglesia de Ravello, donde durante tanto tiempo Eugene Gore Vidal habito la Villa Rondinaia como ahora habita el Hotel Carusso y el Hotel Rufolo. Hasta aquí llego André Gide a lomos de un burrito y aquí he llegado con Gore desde el Gran Teatro de Pompeya. Gore sube y baja la voz, aprieta mi mano y me cuenta sus recuerdos sobre su hermanastra Jacqueline Kennedy, de John Kennedy, de Fellini, de Lilibeth la reina de Inglaterra y de su hermana Margarita que tanto hizo por la Firma. Pero sobre todo hablamos durante horas de literatura, de cómo la antigüedad clásica cambió el mundo, del arte de soñar novelas y escribir sueños y de la cualidad amarga de los despertares.

Después de nuestra quincena en Ravello, donde Bocaccio situa un cuento del Decameron, Gore Vidal partió hacia Praga para ver a su amiga la Condesa. Gore Vidal dice que los que quieren vivir eternamente merecerían ser convertidos en pirámides. Los únicos monumentos a los muertos que los dos aprobamos se escriben con palabras. Nunca podré agradecer bastante a Gore todo lo que me enseño y cómo me lo enseño.

¡Buen viaje Gore Vidal, a tí y al querido Muzius! Hasta muy pronto.

Thursday, 12 August 2010

Macondo o el vallenato más largo del mundo. 1


VAMOS A...LA COLOMBIA DE GARCÍA MÁRQUEZ

De Aracataca a Cartagena de Indias, por el Caribe colombiano tras los pasos del autor de Cien años de soledad.

Publicada originalmente en el Viajero de El País, el 29 de agosto de 2009.

Macondo o el balleanto más largo del mundo. Muchos años después, con los ojos cerrados, ante el caserón a punto de aplastarle con su sombra, el viajero recuerda el momento en que el abuelo de García Márquez llevó a su nieto a conocer la fábrica de hielo. El mismo edificio de madera de época republicana al otro lado del río donde las mariposas no son amarillas, sino negras, y las piedras son redondas, de antes del diluvio, de antes incluso de que el coronel Nicolás Márquez llegara a Aracataca. Entonces nadie llamaba aún Macondo a este pueblo, ni siquiera Gabito, que aún no había nacido ni aprendido a contar mentiras mejor que nadie. El pueblo vivía la belle époque de la compañía bananera estadounidense y todos los prodigios parecían posibles: incluso el frío. Al niño García Márquez le sorprendió más la dureza de aquella blancura tan fría que quemaba que la ausencia de su padre que quemaba también.

Aracataca

Frente a la Casa del Telegrafista, donde se guardaron todos los enseres de los Iguarán aguardando el museo que acaba de abrirse, una anciana de dientes arrancados al hielo y a los cien años de soledad que vive el departamento de Magdalena -al norte de Colombia, al que pertenece Aracataca y de donde hace mucho que se fueron los americanos, sus grandes coches, sus muertos y su prosperidad, y se quedaron sólo las palabras del gran palabrero- recuerda cómo tuvo al niño Gabriel José en sus rodillas y que, al contrario de todos los niños del mundo, no quería oír siempre la misma historia, sino una diferente cada vez.

Aracataca es una palabra indígena que significa río de piedras; los de aquí llaman al pueblo Cataca y rechazaron en 2006 en un referéndum llamarlo Macondo a pesar de que por todas partes la palabra se levante en cercas, en casas sociales, en escuelas. El hospital lleva el nombre de la madre del premio Nobel: Hospital Luisa Santiaga Márquez Iguarán. El recién inaugurado museo (Casa Natal de Gabriel García Márquez), en el mismo lugar donde estaba la residencia de los abuelos maternos del escritor, es un edificio de nueva planta que imita los zaguanes antiguos donde las tías se mecían sin descanso en el corredor de las begonias. Sólo quedan los espíritus, un árbol milenario y el chiscón donde vivían los indios esclavos que contaban a los niños las historias de la Sierra Nevada. Aquí nacieron, en un rincón de una alcoba sin ventanas, Gabriel García Márquez (el 6 de marzo de 1927) y el realismo mágico. Aunque Alejo Carpentier fuera el partero, el predecesor, los muertos que comen con los vivos, los aparecidos de la abuela Tranquilina Iguarán y los relatos de las guerras del coronel Nicolás Márquez -que sí tuvo quien le escribiera- darían lugar al mayor mito literario en castellano del siglo XX. Era un niño en un caserón de mujeres cercado por los fantasmas de la abuela y los cuentos de guerra del abuelo.

Ryszard Kapuscinski creía que Cien años de soledad (publicada en 1967) era el mejor reportaje de la historia y los colombianos dicen que es el vallenato más largo del mundo. Lo cierto es, sin embargo, que casi toda la obra de García Márquez es fruto de sus ocho primeros años, cuando vivía con sus abuelos maternos en la gran casa poblada de espíritus y de consejas de Aracataca. Las palabras son conjuros para librarse de los demonios que llevaban acechando a la cándida Eréndira durante más de quinientos años de soledad (La increíble y triste historia de Cándida Eréndira y de su abuela desalmada, 1972). Por eso, muchas páginas después, ante el caserón insolente que se sostiene a duras penas al otro lado del monumento a Remedios la Bella (de la cuarta generación de Cien años de soledad), el lector convertido en viajero siente el calor agobiante de la fábrica de hielo abandonada y recuerda a Melquíades y a su hielo mágico.

Barranquilla

El viajero también recuerda el cajón de hielo del bar La Cueva, en Barranquilla, donde se reunían sus amigos escritores ricos en torno a la historia de un náufrago sin sospechar que el joven muchacho que escribía en El Heraldo, al que las putas de la pensión El Rascacielos lavaban la ropa, convertiría a aquel hombre en el náufrago más famoso del mundo (Relato de un náufrago se publicó por entregas en 1955).

En Barranquilla, unos niños felices se asoman a las verjas de hierro de la casa donde el niño García Márquez vivió con sus padres tras la muerte de su abuelo en 1936. Al abandono del padre, que acabó trayendo a casa varios medio hermanos, siguió una epopeya que la madre y Gabito, convertido en prematuro padre de familia, trataron de sortear con talento. Hoy, en el mercadillo vecino al Rascacielos, vendedores ambulantes pregonan ediciones pirata de Cien años de soledad. Por la escalera más desigual del mundo se atraviesa el infierno de los cuartos misérrimos donde mujeres de ojos oscuros intentan vencer a la soledad y a la pobreza malvendiendo su piel. Desde su terraza, García Márquez hacía señas a sus amigos de El Heraldo, que todavía no eran el grupo de Barranquilla; desde aquí el infierno se convierte en un cielo por el que se divisa la iglesia en la que García Márquez se casó con Mercedes Barcha, una de las dos mujeres de su vida. La otra es Carmen Ballcells, su agente literaria. La herrumbre de un espejo refleja a los desgraciados cubiertos de polvo que arrastran una bicicleta en llamas por las calles. El sol es de fuego, y el hielo, un sueño lejano, tan sólo una palabra como las de los libros.

El viajero abandona Barranquilla no antes de visitar el recién inaugurado Parque Cultural del Caribe, un museo sorprendente que próximamente tendrá una sala dedicada a García Márquez.

Tren Amarillo

"Yo nací y crecí en el Caribe. Lo conozco país por país, isla por isla, y tal vez de allí provenga mi frustración de que nunca se me ha ocurrido nada ni he podido hacer nada que sea más asombroso que la realidad". Las palabras de García Márquez se me aparecen cuando la guagua se para en los billares de Sevilla en la zona bananera que recorrió García Márquez en el Tren Amarillo. Niños pelirrojos venden tucanes, monos, serpientes y camaleones a los transeúntes, y el olor de la guayaba se mezcla en el aire con el tabaco rancio y la pestilencia agria de los orines de tanto animal muerto de miedo. García Márquez siempre ha afirmado que el realismo mágico era simplemente realismo, contar cómo es la costa caribeña de Colombia donde todos los milagros dejan de serlo ante el milagro único de que todo siga venciendo a la violencia y al olvido, venciendo incluso a los muchos más de cien años de soledad del departamento de Magdalena.



En la próxima entrada el viaje sigue por "El tren amarillo", "Tayrona" y "Cartagena de Indias".

Macondo o el vallenato más largo del mundo. y 2


Tayrona

En el parque Tayrona, en la sierra nevada de Santa Marta, los indios kogi cuidan de la armonía universal. De aquí baja un arroyo que se llama Macondo y aquí consigo ver por primera vez el árbol con ese nombre, que ignora su fama y se agarra a las rocas blancas y prehistóricas como las túnicas impolutas de los indios. Macondo es también el nombre de una finca de Aracataca y el de un mundo que nació mientras García Márquez viajaba en tren con su madre para vender la casa del abuelo y leía a Faulkner. A través de los platanales, "cada río tenía su pueblo y su puente de hierro por donde el tren pasaba dando alaridos, y las muchachas que se bañaban en las aguas heladas saltaban como sábalos a su paso para turbar a los viajeros con sus tetas fugaces". Hoy no pasará el tren (existe un proyecto para volver a ponerlo en marcha para el turismo). Es la guagua la que sigue entre plantaciones y niños desnudos hacia el horizonte blanco.

Cerca de Santa Marta, el calor es agudo como el hielo. Escolares con corbata recitan los últimos días de Simón Bolívar en la Quinta de San Pedro Alejandrino. García Márquez los recreó en El general en su laberinto (1989), alejándose de Macondo para caer en un laberinto literario del que le salvarían los vericuetos reales de Cartagena de Indias y sus mansiones coloniales. Aquí nacieron obras como El amor en los tiempos del cólera (1985), inspirada en los amores de sus padres, y Del amor y otros demonios (1994), donde narra la historia de la novicia adolescente Sierva María, que transcurre en el convento de Santa Clara. Amores prohibidos, contrariados, fértiles en hijos y en páginas.

Cartagena de Indias

Por la Ciénaga de la Virgen, de aguas dulces y saladas, entramos en Cartagena de Indias: sueño de piratas y de escritores. El calor se convierte en delirio y todos los demonios tienen nombre de mujer en el Portal de los Dulces: ajonjolí, cabellitos de ángel, maná de leche que curaron el amor de las doncellas, pero no la cólera de los esclavos. La ciudad es un párpado de piedra que se cierra en torno a la nostalgia de tiempos mejores. La casa de García Márquez se arrima a la muralla frente a un malecón por el que pasan coches que nunca se detienen. Una casa que Gabo casi no visita, quizá porque ya no le hace falta pisar el Caribe para recordarlo. García Márquez es el Caribe para millones de lectores de todo el mundo que padecieron el idilio de Sierva María y enloquecieron con el olor de las madreselvas.

"Para mí, el rincón más nostálgico de Cartagena de Indias es el Muelle de la Bahía de las Ánimas, donde estuvo hasta hace poco el fragoroso mercado central. Durante el día, aquélla era una fiesta de gritos y colores, una parranda multitudinaria como recuerdo pocas en el ámbito del Caribe. De noche era el mejor comedero de borrachos y periodistas. Allí estaban, frente a las mesas de comida al aire libre, las goletas que zarpaban al amanecer cargadas de marimondas y guineo verde, cargadas de remesas de putas biches para los hoteles de vidrio de Curaçao, para Guantánamo, para Santiago de los Caballeros, que ni siquiera tenía mar para llegar, para las islas más bellas y más tristes del mundo. Uno se sentaba a conversar bajo las estrellas de la madrugada, mientras los cocineros maricas, que eran deslenguados y simpáticos y tenían siempre un clavel en la oreja, preparaban con una mano maestra el plato de resistencia de la cocina local: filete de carne con grandes anillos de cebolla y tajadas fritas de plátano verde. Con lo que allí escuchábamos mientras comíamos, hacíamos el periódico del día siguiente". La voz de García Márquez resuena a lo largo del viaje, cuya mejor guía es Vivir para contarla (2002), sus memorias.

Muchas palabras después, el viajero metido a escribidor recordará los callejones de Cartagena donde un premio Nobel le enseñó que ser escritor no es otra cosa que estar loco y volvería a recorrer la ruta de García Márquez. Esta vez, con los ojos cerrados.

 Fotos: Parque Tyrona (arriba). Aracataca (abajo)