Descubrí que no existía la vida después de la muerte leyendo
La tercera expedición a Marte de Ray Bradbury. Al principio el
cuento se titulaba El cielo está en Marte lo cuál era todo lo
contrario que afirmar que Marte está en el cielo. El cuento demostraba mejor que Feuerbach que Dios es el
hombre y que el Dios sin nombre son los libros.
Yo amaba la Ciencia Ficción y
en España los sabios afirmaban que ni las mujeres ni los lectores de cómics
podrían entrar en el Reino de los Cielos. O por lo menos en la Real Academia de
la Lengua. Así que seguí leyendo a Bradbury. En tanto que persona-libro decidí
aprenderme de memoria La tercera expedición a Marte, pero los cantos marcianos
me obligaron a amarrarme al cascarón de proa de lo banal. Bradbury me enseño
que lo culto es lo popular y la poesía la mejor arma del Apocalipsis.

